Aeropuertos (de los lugares más intrusivos)

Sin contar con el impacto ecológico que generan los vuelos en avión, motivo más que suficiente para evitarlos al máximo, existen una serie de incomodidades que me llevan desistir a la menor provocación. Normalmente cualquier viaje que requiera entre seis y ocho horas de traslado en automóvil o en autobús, prefiero hacerlo en estos medios. La decisión se basa en la evidencia empírica de que en la Ciudad de México, el tiempo desde el traslado de casa al aeropuerto, el proceso de documentación, el tradicional retraso del vuelo, y por supuesto la llegada, retirada de equipaje y traslado al destino hacen que solo una aventura terrestre que supere las ochos horas meritan el viacrucis de viajar en avión.

Lejanos se ven los tiempos en que los aeropuertos y viajar en avión se consideraba algo exclusivo, incluso sofisticado. Experiencia idílica donde las cosas mas emocionantes e interesantes ocurrían, por supuesto pensamiento absurdo consecuencia de una infancia llena de películas gringas.

En la actualidad ya desde la compra del boleto es una verdadera pesadilla. Las páginas que te engañan con los precios, capturar los datos de al menos de tres tarjetas de crédito, porque ahora los candados son tantos que es imposible pagar (claro a menos que acepten paypal, pero me rehuso), luego el acertijo que implica diferenciar la condiciones de uso, el aviso de privacidad, los boletines de publicidad, la invitación a ser parte del programa de fidelidad. Resumen, comprar un boleto no toma menos de media hora, porque además se me olvida quitar la VPN situada en Qatar :-)

Luego viene el envío de correos que recuerdan todo lo innecesario, o te invitan a incrementar tus beneficios comprando el último asiento en primera clase, que claramente decidiste era un asalto legalizado desde que planeabas el viaje, y si se te ocurre tener la aplicación en el teléfono, o dejarle tu número para que te contacten, las intrusión en tu vida cotidiana se multiplica.

Ya en la praxis todo se torna absurdamente burocrático, llenar la misma documentación mas de una vez, insistir que avises (check in) que sí vas a asistir (como si eso evitara sobrevender vuelos) registrarte al ingreso hacer filas para dejar tus maletas, insistir en cobrarte por alguna equivocación (intencionada o no), resumen un trámite administrativo para el cual de acuerdo a la aerolínea se requiere entre una a tres horas de anticipación. Para eso momento yo ya estoy fundido y con innumerables preguntas sobre el momento irracional en que acepté o programé ese viaje.

Los procesos de "seguridad" redundantes y engorrosos, donde el semidespojo de tus ropas y propiedades se vuelve dramáticamente vergonzoso, todo lo anterior para poder llegar a una pantalla que cambia constantemente la información y a la cual debemos estar atentos porque puede alterar el curso de tu vida en cualquier momento. Es decir a partir de que sales de casa, el bendito vuelo te reclama atención constante. Porque no es que ya en sala de espera o en las famosas salas VIP puedas dedicarte al honorable arte de la contemplación (de un libro, del teléfono, la computadora o la vida). No, todo el tiempo interrupciones de las mas diversas temáticas: seguridad, búsqueda de personas retrasadas (para abordar el vuelo), estatus de embarque entre tantas y tantas que, es imposible concentrarse. Es un mundo frenético y absurdo, en el que todos caemos, es imposible tener paz y tranquilidad, o siquiera algo de serenidad.

Cuando ya estás listo para abordar, las filas se tornan eternas por la sencilla razón de que a pesar de saber perfectamente cuánta gente cabe en un avión y que objetos pueden subir a la cabina, siempre será insuficiente ya sea porque debieron prohibir a priori que hubiera tantas cosas arriba o por que la gente también abusa y llega hasta con la jaula del cotorro, así que a todos nos urge ser el primero para poder subir la maleta a la cual teóricamente tenemos derecho de acomodar pero, por algo absolutamente inesperado (tanto que ya tienen una grabación ex profeso), el vuelo tiene "un alto volumen de pasajeros" ante lo cual cabría pensar que los ingenieros invirtieron décadas de conocimientos para vender medios aviones. Durante el vuelo nuevamente tu atención robada, avisos, comida, turbulencia, ventas más ventas, y por si no era suficiente pantallas las cuales no siempre es facil de apagar o silenciar, e imposible de hacer cuando mensajes importantes se transmiten a través de ella, en especial mensajes publicitarios.

Y así como los asientos de las salas de espera de los aeropuertos, inexplicablemente los asientos del avión son mas duros que las bancas de las iglesias, con espacios tan ínfimos y antiergonómicos que nos hacen tener una ligera idea del sufrimiento de aquellos animales que todo su vida transcurre en algo peor que eso, pero esa es otra discusión.

Y luego una hora más de interrupciones con todas las instrucciones de la llegada, ya abrumado y los demás seguro que también sufrimos el infinito procesos de desembarque, ya estamos fastidiados de ese entorno que desde hace horas nos está robando la vida. Pero no se puede cantar victoria aún falta esperar la maleta o los procesos de aduana y finalmente trasladarse a casa.

Esta crítica personal la hemos vivido muchos y no tiene ninguna otra finalidad que la de expresar mi sentir cada vez que tengo que realizar un vuelo en avión. Supongo que hay gente que se la pasa bien o incluso lo disfruta, que perversiones las hay de todas. Pero lo que es para mí, es una de esas experiencias profundamente desagradables, que no experimento con otros medios de transporte, poniendo al viaje aéreo como el menos gratificante en mi irrelevante y basta lista de cosas que me desagradan en este y todos los universos paralelos que la física cuántica disponga.

Diario de bicicleta