Absurdas consideraciones sobre mi insomnio
Hubo una época en que las noches además de eternas, eran una pausa a la vida. Algunas veces interrumpidas por esporádicos miedos irracionales o un par de gatos apasionados.
Conforme las arrugas pueblan mi cara, la noche ha ido dejando de ser el oasis de la realidad, para transformarse en un pueblo ruidoso y caótico.
Parecía normal que algunas pesadillas fueran los primeros inquilinos que infundían intranquilidad, pero con los años mi vejiga en contubernio con la próstata han decidido cambiar de bando y apoyar la interrupción del sueño. Poco después mi intestino decidió una estrategia de reducción del número de horas continuas que puedo estar en la cama, al despertarme con no poca premura lo más temprano posible.
La pandemia invitó a la ansiedad a cohabitar en este nuevo poblado, la cual suele venir acompañada por problemas nimios, que han logrado mantenerme despierto durante horas en la madrugada.
La lucha para recuperar la paz en el aguerrido terreno nocturno ha incluido todas las vías diplomáticas disponibles: meditación, pócimas aromáticas, antifaces, negarme el café vespertino y ni se hable del café nocturno, cenar temprano, y otras tantas estrategias paganas. Todas estas estrategias con resultados variables.
El colmo a la invasión de mi sueño y paz nocturna ocurrió hace unas semanas, que a consecuencia de dos semanas de entrenamiento excesivo (que en teoría me ayuda a conciliar el sueño), a las dos de la madrugada un dragón con aliento a ventisca del desierto acometía contra mi pierna izquierda, arrancándola y arrojando fuego al muñón. Así un maldito calambre me torturó unos minutos.
Creo que este sabotaje nocturno, es la estrategia de mi cuerpo al saber que el tiempo solar se reduce y ha decidido invadir el terreno de la luna.