Un pájaro toca a mi ventana
Era otro sábado en el que venía arrastrando una semana de cansancio; a pesar de las dos horas de manejo, vale la pena, estar rodeado de monte, del ruido de los animales, aunque también del ruido de los pueblos. Salirme me da aire a la cabeza, que no pocas veces pesa demasiado.
Pero hay que ser honestos, en términos prácticos lo que hago es cambiar una rutina por otra, ese es mi súper poder, transformar todo en una serie de sucesos repetitivos, lo que si bien puede ayudar a que las cosas ocurran de manera más automática y por tanto "eficiente", también se puede transformar en una asfixiante bolsa de plástico cubriéndote la cabeza. Así que, venir al campo y hacer una permuta de hábitos, al menos por veinticuatro horas, que es la duración promedio de mi fin de semana, me ayuda a seguir adelante en mi semana circense. Lo digo con una connotación de literalidad ¿acaso los payasos, acróbatas y malabaristas, no hacen lo mismo que yo? Tal vez sus rutinas sólo se fracturan por otras rutinas de su vida nómada.
Lo primero que me llamó la atención fue que el vidrio de la ventana estuviera sucio, como si le hubiera salpicado tierra y la lluvia lo enjuagara mal y quedaran los rastros del desastre. Me pareció raro que no lo limpiaran, pero en especial que el resto de los vidrios estuvieran impecables. También que alrededor había francas evidencias de que las aves habían seleccionado esa zona de la terraza como baño público, e igual de inusual que no lo limpiaran, pero en fin, todo continuo como de costumbre. Por lo que a las nueve de la noche estaba más destruido que un zombie en la quinta temporada de la serie. Cansado de estar cansado cerré el libro y me fui a la cama, esperando que mi sueño tuviera el valor de ignorar mi vida cotidiana, y cumpliera su promesa de desintoxicarme el alma y el cerebro de los miasmas consuetudinarios; lo cual por cierto se ha incumplido perseverantemente en los últimos años. Pero cada noches es una oportunidad de lograrlo, me lo digo como si lo creyera.
Apenas el sol empuja la noche y antes de que mi cerebro adoctrinado a levantarse a las cinco treinta de la mañana, traicione mi día descanso o de que las perras me laman la cara indicándome que debo abrirles la puerta para desahogar sus necesidades; lo que siempre me pone a pensar si, la vida no es tener que estarle abriendo las puertas a las necesidades de los demás. Pero antes de que toda esa avalancha de sucesos inaugure mi dominical mañana, escucho tac, tac, tac, tac; primero de manera nebulosa, entre sueños, pero el tautológico sonido no deja de insistir. Aún con los ojos cerrados, creyendo que esa irrupción me va a permitir continuar con mi sueño, comienzo a pensar, primero de dónde viene, quién lo hace, por qué lo hace, tac, tac, tac, tac.
Mi terquedad es congénita y dominante, a pesar de estar apretando los párpados con tanta fuerza que hasta duele la cabeza, insisto en que puedo cumplir la convención de seguir dormido; sin llegar a conclusiones precisas del origen de ese nuevo y obstinado ruido.
Al final las perras que no entienden mis irracionalidades acuden a recordarme mis responsabilidades no escritas; cumplo con ellas y la de mi organismo; regreso a la cama, tac, tac, tac, tac.
Caigo en la desesperación, el teléfono, el correo, mensajes de texto, juntas y pacientes urgentes; ahora hasta la naturaleza reclama mi atención. Me levanto y planeo resolver el enigma. El sonido viene de la ventana sucia, me siento a mirarla y un pájaro, no uno de esos pequeños como gorriones, bastante más grande, totalmente gris y con pico muy largo y afilado vuela frente a la ventana, hace grandes esfuerzos por mantenerse estático y soltar un picotazo en el vidrio, tac.
Me hubiera gustado que hubiera sido un cuervo, pero esto no es de contentillo, aún con un ave menos icónica me siento por unos minutos como Edgar Allan Poe, sólo espero que al impertinente animal no se le ocurra decirme "Nunca más" porque me da un infarto. Me quedo un rato observándolo, pensando qué puede ser lo que intenta, lo que lo mueve a tocar en mi ventana a tan temprana hora de la madrugada. Al final me preparo un café y me salgo a la terraza, el pájaro se para en un árbol, me observa sabiendo que lo veo, que lo estoy invadiendo, impidiendo su labor, la cual es matutina, ya que en el resto del día no vuelve a intentarlo.
Como si no fuera suficiente con los cajones de mi cerebro desbordados de cosas, ideas y tareas; agrego una más ¿qué está deseando el plumífero? que tanto insiste. No lo sabré hasta la próxima semana, pero mientras tengo algunas hipótesis; de inicio voy a quitar el árbol de navidad, si es mayo y la navidad seguía patente, que pereza e inutilidad ponerla y retirarla, pero bueno, hay que hacer lo que se tiene que hacer. A lo mejor es un ave que se creyó eso de la meritocracia y cree que con esfuerzo puede romper el vidrio a picotazos, dándole acceso a ese árbol frondoso, colorido, con esferas y luces que, aunque artificial, le dará cabida a su descendencia.
La siguiente semana no pude escaparme a la montaña, algún compromiso mas tenía que cumplir entre las cuatro paredes en las que me encierro con otros veinte millones de chilangos, así que, tendré que esperar otra semana para saber que pasó.
Lo primero que noté es que el vidrio seguía sucio y persistían las heces. Así que, para no variar mi plan no resultó, si no me entiendo ni yo, menos los deseos de un pájaro. Antes de entrar a la cabaña por un segundo pienso que capaz el ave ya está adentro, que sí lo logró y se instaló como amo y señor. Obvia y afortunadamente no pasó, aunque esa tarde bastante calurosa, dejé la puerta abierta y se metió una golondrina; demasiados eventos relacionados con pajarracos. Estoy tentado a preguntarle a la IA, pero me aguanto, si voy a estresarme por idioteces, al menos que sean de creación propia.
Me voy a la cama, ahora esperando, que no deseando, que llegue ese instante antes del amanecer, en el que el mundo se vuelva real y vea si aparece mi alada némesis. Tac, tac, tac, tac ¡la puta madre! ¿qué quiere ese pinche animal? maldigo, me desespero, no entender me pone muy mal, y lo único que se me ocurre es tomar una escoba, le monto una camisa y lo planto en la venta, un espanta pájaros, lo veo y me parece tan absurdo, tan inútil, una Quijotada; caigo en cuenta de que se parece más a mí de lo que creo.
Replanteo mis hipótesis ¿qué podría desear un ave? tanto que lo lleva la irracionalidad de querer entrar a través de un vidrio, sólido, frío e inerte, que en su transparencia le permite ver una ilusión; incluso me pregunto ¿cómo ven las aves? ¿a colores, en grises o blanco y negro? ¿cuál es su ángulo de visión? y caigo en lo absurdo ¿qué puede desear un pájaro? Miro la sala con detenimiento, mi última opción es el perchero, podría ser un artista cubista o surrealista e imagina que, ese trozo de madera sosteniendo gorras, sombreros, bolsas y bolsos; es un lugar donde el podría anidar. Rompiendo las reglas elementales de la decoración lo retiro y lo meto en una de las habitaciones. La sala se va quedando más vacía, sin nada que se deba ser útil o atractivo para ese pájaro que se empecina en una tarea tan imposible como fútil.
Pasaron ahora dos semanas, sí, la vida está exigiendo cada vez más tiempo y más atención. Apenas me estaciono voy a ver el vidrio, no me parece más sucio que la vez pasada, prácticamente sin rastros de la estancia del pájaro, el suelo de la terraza limpio. Pienso que lo he logrado, casi estoy seguro. Me urge que sean las ocho de la noche para forzarme a estar despierto dos horas más, e irme a la cama e intentar enterrar mi racionalidad hasta que, abra los ojos con los primeros rayos de sol.
Entonces escucho, silencio, el silencio de la monótona madrugada; he vencido, pienso. Logro dormirme un rato más, así es de efímero el éxito. Hasta que un lengüetazo en la cara me despierta, saco a las perras, regreso a la cama deseando dormir un rato más.
Tac, tac, tac, tac...ahora suena diferente, más espaciado, apenas tres o cuatro veces, más tenue, cansado. Entonces pienso que logré mi objetivo, le he quitado la esperanza a ese pobre pájaro de liberarme.