El monte de las furias - Fernanda Trías
Ante un mundo hostil, incomprensible, donde todo te da la espalda. Donde la historia de quienes te precedieron te persigue y se convierte más que, en una herencia, en un saco que debes arrastrar como un lastre. En este escenario el ostracismo no parece descabellado. Especialmente cuando tu destino, de un modo u otro, dialoga contigo sin prejuicios. Bajo estas circunstancias la montaña, personaje vivo y participe de la novela, impone reglas elementales de convivencia, que por mucho son preferibles a las canónicas socialmente determinadas.
La montaña y la montañesa (nuestras protagonistas) hablan. La humana escribe de manera catártica, sin más alcances, sólo ahí se entrega de algún modo y descarga el peso que la somete. La montaña por su lado observa, pero comprende o al menos lo intenta, pero lo más relevante es que siente y es consciente del daño de la humanidad.
Hasta que un día aparecen cuerpos sin vida, a los que hay que cuidar (porque también lo que no tiene vida hay que cuidarlo). El significado y veracidad de este fenómeno es una herramienta muy interesante de la novela, ya que es el cartapacio que nosotros podemos rellenar.
Estas apariciones mortecinas se torna la sustancia de aquello que nos vuelve humanos; no las máquinas, la religión, el dinero, ni siquiera el amor; tan sólo el cuidado del otro, incluso en los últimos momentos, donde la cruda realidad indica que, ante el evento final ya nada es relevante. Incluso ahí, o más bien ahí ante lo contundente, la alteridad se torna un valor revolucionario y por lo tanto susceptible de ser aniquilado.
Es una novela interesante que, explora recursos para subrayar sus intenciones, y que nos enfrenta con la naturaleza, pero en especial con su némesis, nosotros mismos.